sábado, 29 de agosto de 2015

Mis últimos recuerdos



Quedamente, abro mis ojos, sintiendo una mezcla del olor del miedo, la muerte, la humedad… Dispuesto a desgarrar el cuello de la extraña y bípeda criatura que extiende su mano hacia mí.
Los árboles, testigos de estas circunstancias tan extrañamente turbias, aguardan con expectación y pesadumbre. Me pregunto si sentirán la misma impotencia que sentí yo el día que aquellas bestias capturaron a mi familia.
        

Una ligera niebla plateada y matutina se teje entre las copas de los árboles, y luce tonos rosáceos pálidos, reflejando la luz del amanecer. En el horizonte, el sol se asoma tímidamente, y sus rayos son guirnaldas de luz colgando de los confines del mundo.


A mi alrededor, robles, pinos y abetos… todos ellos me observan, y la observan.
La niña, delgada y delicada, dirige su temblorosa mano hacia mí con vacilo. Debe de tener miedo, pienso. ¿Y qué? Es mi enemiga, mi adversaria, mi antagonista. Se supone que debo odiarla. Que debo querer asesinarla.


Pero hay algo en ella que me inspira confianza, algo que me infunde calidez, su  titubeante modo de dirigirse hacia mí. Sus ojos verdes y cristalinos son amistosos. Pero es una de ellos. Jamás había visto una mirada tan bella en un rostro tan repulsivo.


Su cabello rubio es una cascada de bucles de fino alambre dorado, y tímidamente me acerco. Aún desconfío. Aún no tengo suficiente motivos para no hacerlo. De hecho, sólo su mirada. Su mirada y sus gestos son lo único que me obligan.


Pestañea y puedo percibir su miedo, pero también puedo oler su calidez. Durante unos instantes parece etérea con aquel luminoso traje blanco, como si formara parte de la niebla. Su silueta miedosa parece querer protegerme, y aún no comprendo por qué.


Finalmente, me rindo: lentamente, me acerco y dejo que ella pose mi mano sobre mi frente. Es suave y cálida y algo de compañía no me vendría mal tras un mes a solas en los páramos.


No obstante, el chasquido de una ballesta me distrae y una saeta se clava secamente en un árbol cercano. Deduzco a tiempo que se trata de una trampa. Y el repentino modo con el que sonríe la niña, malicioso e infame, no hace más que confirmar mis temores.


Otra saeta se hunde en mi muslo trasero, manchando mi abundante y blanco pelo de un rojo carmesí. Un desgarrador aullido brota de lo más profundo de mis entrañas. Me abalanzo sobre la joven, que no se lo espera y siento entre mis fauces el metálico sabor que la espesa sangre impregna en mi boca. El aire apesta a humano.


Observo el cadáver de la niña. Sus ojos carecen de vida y su túnica blanca es un mar escarlata, la desembocadura del río rojo que mana de su cuello, justo donde le hinqué el diente.


Otra lluvia de saetas se cierne sobre mí y esta vez siento como un agonizante aullido brota de mi boca. El dolor me ahoga y es horrible. Cualquier otra mañana, habría despertado a mi manada… mi familia. Pero ellos han muerto por mí. Les he fallado. Los abandoné lejos de aquí, donde sus inertes cuerpos yacerán unidos. Y yo, solo. ¿Es este mi lecho de muerte?



Siento que la vida se me escapa en un último gemido.