domingo, 25 de octubre de 2015

El final del camino





Te veo, pero no puedo alcanzarte.
Percibo tu silueta en el fondo del oscuro sendero, rodeada de gruesos y retorcidos árboles que tienden sus brazos elegantes hacia las alturas. Una bruma gélida y lacerante avanza lentamente entre ellos, como velos plateados que se mezclan en el aire cortante, pero nada es capaz de ocultarte.
Yo permanezco aquí, impotente de no poder acercarme, de no ser capaz de hendir la niebla, romper el silencio y simplemente avanzar. Avanzar a tu lado.
Porque estás tan cerca y a la vez, tan lejos… Anonadado, hago acopio de valor, con el vano fin de dignarme a caminar. Trago saliva hasta que me duele la garganta y entonces, cierro los ojos humedecidos, y sin pararme a pensar, doy un paso hacia delante mientras el corazón me da un vuelco.
Pero entonces, entre la niebla glacial que me rodea se oye un chisporroteo. Y a mi alrededor, de repente todo estalla en llamas. Es un ardor insoportable, que me corroe por dentro. Lenguas de fuego me lamen con ferocidad, chamuscándome la piel y haciéndome imposible caminar…
Desfallecido, doy un paso hacia detrás. El fuego disminuye, pero la neblina afilada se intensifica y cuando me atrevo a seguir retrocediendo, llega un momento en que la sangre se me congela en las venas, se me taponan los oídos, se me nubla la vista y una angustia tenaz me estrangula lentamente, obligándome a caer de rodillas mientras paulatinamente me extingo. No, no puedo: retroceder es aún peor.
Así que vuelvo a enderezarme, regresando al mismo sitio, donde lo único que puedo hacer es mirarte con anhelo, en lo más profundo del sendero, impotente. Una lágrima emborrona la visión, pero sigo contemplándote, estremeciéndome, angustiándome, mirando alrededor y esperando que haya una mera posibilidad de escapar. Pero es imposible: la exuberante vegetación tapona toda salida. Solo me quedan dos opciones, pues. Puedo quedarme toda la vida observándote y ahogándome en la impotencia y la amargura, o caminar hacia delante hasta que las llamas me devoren.
Me vuelvo a dejar caer de rodillas, exhausto. Parece una decisión imposible, pero cuando me vuelvo hacia ti, de pronto lo tengo completamente claro: tengo que hacerlo. Tengo que llegar hasta lo más hondo del bosque. Tengo que atravesar ese sendero, tengo que seguir, seguir hacia delante.
Así que avanzo. Y poco a poco el fuego va engullendo los árboles a mi alrededor. Me consume lentamente, produciéndome un dolor imposible. Nunca me imaginé que pudiera soportar tanto sufrimiento, pero sigo. Sigo hacia delante. Para alcanzarte. Porque es cuanto necesito.
El fuego lo anega todo, una tormenta de oro evanescente, un viento de adrenalina, una fuerza que me comprime por dentro… es fuego, mucho fuego. Pero al fondo de todo, más allá de los efusivos velos dorados que se enroscan entre mis piernas y brazos, más allá de la ola áurea que me arrastra consigo, contemplo tus ojos. Cada vez más cerca, mientras es cada vez más fuerte el incendio que me rodea. 


Más cruento y más letal.
Las lágrimas de mis ojos se evaporan antes de salir. Me estoy quemando. Me estoy pulverizando. Pero sigo. Ya ni siquiera sin pensar en las consecuencias, sin pensar en el sufrimiento, sin pensar en el asfixiante humo… No, de pronto solo puedo pensar en tu peligrosa cercanía. En como tu olor ya se mezcla con el de la ceniza.
Puede que me tiendas la mano, puede que me dejes consumirme lentamente en el fuego. Pero ya no hay marcha atrás. Seguiré hacia delante, lejos, muy lejos, hasta alcanzarte.
Ya no me importa arder. No me importa quemarme.
Solo me importa llegar, impulsado por una tormenta imparable que me revuelve por dentro, nublándome la vista y bloqueándome los sentidos, pero obligándome a correr. A correr sin detenerme. A seguir.

Hasta que alcance el final del camino.